octubre 25, 2004

Cuento memorable

El 25 de septiembre, a los 36 años, Alejandra Pizarnik moría de una sobredosis (¿intencional?)de seconal. Su obra y su vida quedaron impregnadas de leyenda y trágico atractivo. Famosa por sus poesías, también escribió algunos textos en prosa, como este que presentamos.

- Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Madame Lamort
- dijo.
- No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Madame Lamort. Todo lo contrario: es Madame Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Madame Lamort, ni siquiera en retrato.
- Usted coincide conmigo -dijo-, porque tampoco yo conozco a Madame Lamort.
-¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
- Madame Lamort -dijo-. ¿Y usted?
- Madame Lamort. Su nombre no deja de recordarme algo -dijo.
- Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
- Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo.
- No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe que va a pasar.
- Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.

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octubre 12, 2004

La meningitis y su sombra

Este fragmento de La meningitis y su sombra resume el porqué Horacio Quiroga llamó a su libro cumbre Cuentos de amor, de locura y de muerte. Su vida estuvo marcada por la muerte: a los 23 años mató accidentalmente de un disparo a su mejor amigo.
Su primera mujer se suicidó, y su padre, su padrastro y sus hermanos tuvieron una muerte violenta. Horacio Quiroga mismo, a los 57 años, acabó con su vida tomando cianuro.

Durante siete noches consecutivas -de once a una de la mañana, momento en que arremetía la fiebre, y con ella el delirio- he permanecido al lado de María Elvira Funes, tan cerca como pueden estarlo dos amantes. Me ha tendido a veces la mano como la primera noche, y otras se ha preocupado de deletrear mi nombre, mirándome. Sé a ciencia cierta, pues, que me ama profundamente en ese estado, no ignorando tampoco que en sus momentos de lucidez no tiene la menor preocupación por mi existencia, presente o futura. Esto crea así un caso de psicología singular de que un novelista podría sacar algún partido. Por lo que a mí se refiere, sé decir que esta doble vida sentimental me ha tocado fuertemente el corazón. El caso es éste: María Elvira, si es que acaso no lo he dicho, tiene los ojos más admirables del mundo. Está bien que la primera noche yo no viera en su mirada sino el reflejo de mi propia ridiculez de remedio inocuo. La segunda noche sentí menos mi insuficiencia real. La tercera vez, no me costó esfuerzo alguno sentirme el ente dichoso que simulaba ser, y desde entonces vivo y sueño ese amor con que la fiebre enlaza su cabeza y la mía.¿Qué hacer? Bien sé que todo esto es transitorio, que de día ella no sabe quién soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie. Pero los sueños de amor, aunque sean de dos horas y a 40°, se pagan en el día, y mucho me temo que si hay una persona en el mundo a la cual esté expuesto a amar a plena luz, ella no sea mi vano amor nocturno... Amo, pues, una sombra.

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octubre 04, 2004

No entiendo... te juro que no entiendo

Diálogo transcurrido mientras me extirpaban un cayo odioso del dedo chiquito del pie:
Podóloga: - y resulta que nosotros vivimos varios años en tal lugar...
Yo: - ah... yo vivía en tal otro
(N. de R. tal lugar y tal otro están a 50 km de distancia. En el interior es como estar en la vereda de enfrente)
...
P: - Mirá vos. Mi marido fue gerente del Banco Provincia de allá....
Y: - ah... mi viejo fue gerente del Banco X
....
P: - Mirá vos. El pobre quedó muy mal después del tema del corralito....
Y: - ah.... el mío quedó mal después del quilombo de Alfonsín...
....
P: - Y mi hijo, el mayor, se casa ahora en diciembre
Y: - ah... yo me caso en marzo
...
P: - Mirá vos, y cuántos años tenés?
Y: - 28
P: - Mi hijo tiene 27, pero cumple 28 dentro de poco. Está trabajando como loco, para juntar plata para la fiesta...
Y: - ah... yo también
P: - el es diseñador, está trabajando en capital...
Y: - ah... yo también... (soy diseñadora)
P: - Mirá vos... y cómo era que te llamabas?
Y: - Marcela
P: - Mirá vos... el se llama Marcelo
Y: PLOP!!!!

(mi vida resultó mucho más común de lo que yo pensaba... Me faltó preguntarle el signo en el horóscopo chino)

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octubre 01, 2004

Cómo cazar un unicornio

Manuel Mujica Lainez nació en Buenos Aires en 1910 y murió en Cruz Chica, Córdoba, en 1984. Fue durante 35 años periodista de La Nación y desarrolló una vasta producción narrativa, en la que se destaca El Unicornio, una novela donde recrea la mágica atmósfera de la Edad Media. De allí extrajimos las instrucciones para atrapar al mítico unicornio.

Para cazarlo es menester situar a una doncella en el corazón mismo del bosque que la bestia cruza con violento retumbo de cascos y vibrantes relinchos. La que servirá de trampa, debe ser una verdadera doncella, sin mácula alguna, pues si su pureza hubiera flaqueado en lo más leve, el unicornio, infalible detector de corrupciones, a cuya sensibilidad no se hurta y disimula nada, la castigará hincándole el asta filosa y dándole instantánea muerte. Ella lo aguardará en solitario silencio. Será hermosa y estará desnuda. Como los unicornios participan, a semejanza de los humanos, de gustos diversos, un manuscrito sirio, citado por d’Astorg, propone la posibilidad, a falta de una virgen, de emplear una prostituta o un joven vestido de muchacha. Pero lo corriente, lo ortodoxo, es que el cebo sea una mocita de perfecta castidad. Y desnuda. En los tapices góticos no la tejieron sin rebozo, exhibiendo la velada diafanidad de su cuerpo, quizá porque el pudor de las damas tejedoras se resistía a ese desenfadado; más ha de estar desnuda: sine qua non. Y en la intrincada umbría aguardara a la aparición piafante. Entonces acontecerá lo que los exegetas han reseñado reiteradamente: el monocorne, con la defensa recién aguzada en una roca (esa defensa que sirvió para salvarlo del Diluvio, pues por ella lo ataron al casco del Arca), se parará, huyendo de cazadores y lebreles, deslumbrado por el resplandor de la virginidad; vacilará un segundo; luego doblegará la cabeza; se aproximará a la doncella lentamente y, mientras ésta lo acaricia, depositará su testuz con un enamorado suspiro en su regazo, y entrecerrará los ojos. Quedará como enajenado, tan distante, tan olvidado de todo, que los cazadores lo ultimarán con sus flechas, venablos y picas, sin que oponga resistencia alguna. Ello se deberá, opinan unos, a la frescura que emana de la inocencia y que apacigua el ardor de su sangre y lo conduce al sueño; según la conjetura de Leonardo, a la voluptuosa satisfacción que domina su sangre bravía y lo impulsa a recostar su delicia en el pecho tibio de la niña intacta -o de la mujerzuela, o del disfrazado muchacho, respondiendo a la variedad de sus inclinaciones- y a omitir las aptitudes bélicas de su cuerno. Por un camino o por el otro: por el del embargado respeto a la candidez, o por el de la inerme entrega a la lascivia, el unicornio encontrará su doloroso fin. En consecuencia, yo lo considero -pues ello depende del modo en que se mire el asunto- como el símbolo de la pureza y como el símbolo de la impureza, y eso, esa opuesta dualidad que culmina en su destrucción inexorable, es lo que en él más me conmueve.

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