noviembre 30, 2004

“Ahí le aprieta el zapato”

La frase se utiliza cuando se descubre el punto débil de una persona, o algo que le molesta o duele sobremanera, y ha sido sacada de un simpático cuento castellano protagonizado por un cura y un zapatero.

Según esta historia, el zapatero fue a visitar al párroco para contarle que quería separarse de su mujer. En un intento de disuadirlo, el cura comenzó a relatarle las cualidades de su esposa: "Es bella, es buena cocinera, es una cristiana modelo..." Entonces, el artesano le mostró sus
zapatos al cura y le preguntó: ¿Qué le parece este par? El párroco respondió: "Me parecen hermosos, hechos con una piel muy buena y parecen cómodos". Y el zapatero replicó: "Así es, padre, pero usted no puede saber dónde me aprietan".


|

noviembre 29, 2004

Almagro

Ricardo Piglia es uno de los más destacados escritores argentinos contemporáneos. En 1997 ganó el premio Planeta por su novela Plata Quemada. Nacido en 1941 en Adrogué, estudió historia en la Universidad deLa Plata. De su paso por nuestra ciudad quedaron algunos relatos como este.

Me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases.Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar. Que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de "tener" una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes. La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un echo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita. Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo. Después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata. Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce. La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.

|

noviembre 22, 2004

El arte de amar

Erich Fromm nació en Frankfurt, Alemania, en 1900. Psicoterapeuta influenciado por Freud y Marx, Fromm añadió a estos dos sistemas deterministas la idea de libertad, a la que considera la característica central de la naturaleza humana. En este texto, una interesante reflexión sobre el amor.

El arte de amarse trata de que la gente piense que el amor carece de importancia. En realidad, todos están sedientos de amor; ven innumerables películas basadas en historias de amor felices y desgraciadas, escuchan centenares de canciones triviales que hablan del amor, y, sin embargo, casi nadie piensa que hay algo que aprender acerca del amor. Esa peculiar actitud se basa en varias premisas que, individualmente o combinadas, tienden a sustentarla. Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar. De ahí que para ellos el problema sea cómo lograr que se los ame, cómo ser dignos de amor. alcanzar ese objetivo siguen varios caminos. Uno de ellos, utilizado en especial por los hombres, es tener éxito, ser tan poderoso y rico como lo permita el margen social de la propia posición. Otro, usado particularmente por las mujeres, consiste en ser atractivas,por medio del cuidado del cuerpo, la ropa, etc. Existen otras formas de hacerse atractivo, que utilizan tanto los hombres como las mujeres, tales como tener modales agradables y conversación interesante, ser útil, modesto, inofensivo. segunda premisa que sustenta la actitud de que no hay nada que aprender sobre el amor, es la suposición de que el problema del amor es el de un objeto y no el de una facultad. La gente cree que amar es sencillo y lo difícil encontrar un "objeto" apropiado para amar -o para ser amado por él-. Tal actitud tiene varias causas, arraigadas en el desarrollo de una sociedad moderna. En las ultimas generaciones el concepto de amor romántico se a hecho casi universal en el mundo occidental. En los Estados Unidos de Norteamérica, la mayoría de la gente aspira a encontrar un "amor romántico", a tener una experiencia personal del amor que lleve luego al matrimonio. Ese nuevo concepto de la libertad del amor debe haber acrecentado enormemente la importancia del "objeto" frente a la de la función. en la cultura contemporánea otro rasgo característico estrechamente vinculado con este factor. Toda nuestra cultura esta basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda. El hombre o la mujer considera a la gente en una forma similar. Una mujer o un hombres atractivos son los premios que se quieren conseguir. "Atractivo" significa habitualmente un buen conjunto de cualidades que son "populares" y por las cuales hay demanda en el mercado de la personalidad. Quiero hacer un buen negocio; el objeto debe ser deseable desde el punto de vista de su valor social y, al mismo tiempo, debo resultarle deseable, teniendo en cuenta mis valores y potencialidades
manifiestas y ocultas. De ese modo, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio. tercer error radica en la confusión entre la experiencia inicial del "enamorarse" y la situación permanente de estar enamorado, o, mejor dicho de "permanecer" enamorado. El primer paso es tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte el vivir. Si deseamos aprender a amar debemos proceder en la misma forma en que lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte.


|

noviembre 17, 2004

La ganga

Sorpresa: no lo sabíamos todo de Truman Capote. A veinte años de la muerte del genial escritor, Anagrama edita sus cuentos completos, que incluyen un relato inédito, La Ganga. Aquí traemos un fragmento de ese texto, cuya versión completa se puede leer en www.elmundo.es/elcultural.

-¿Te acuerdas deJeannie Bjorkman? Aquella de rizos y cara redonda, más o menos de tu altura. - Creo que sí -dijo Mrs. Chase-. Estaba en el comité de la Cruz Roja. Un espanto. -No- dijo Alice, pensativa-. Jeannie no es un espanto. Éramos muy buenas amigas. Lo raro es que Arthur siempre decía que la detestaba, pero entonces yo intuí que siempre había estado loco por ella, desde luego ahora lo está, y también los críos. En cierto modo no quiero que ella les guste a los niños, aunque debería alegrarme de que sea así, puesto que tienen que vivir con ella. -¡No me digas que tu marido se ha casado con esa chica espantosa! -En agosto.
Mrs. Chase, tras hacer una pausa para proponer que tomaran el café en el salón, dijo: -Es vergonzoso que vivas sola en Nueva York. Por lo menos deberías tener a los niños.
-Arthur quería quedárselos -dijo Alice, con sencillez-. Pero no estoy sola. Fred es uno de mis mejores amigos.
Mrs. Chase hizo un gesto de impaciencia: no le gustaban las fantasías.
- Un perro. Es un disparate. Sólo te puedo decir que eres una insensata: si un hombre intentara pisotearme, saldría con los pies despedazados. Supongo que ni siquiera habéis acordado que él debe -vaciló-... que él debería contribuir.
-No lo entiendes, Arthur no tiene dinero -dijo Alice, con la consternación de un niño que ha descubierto que los mayores, a fin de cuentas, no son muy lógicos-. Hasta ha tenido que vender el coche y va y vuelve de la estación andando. Pero verás, creo que es feliz.
-Lo que tú necesitas es un buen pellizco -dijo Mrs. Chase, como si se dispusiera a ponerlo en práctica.
-El que me preocupa es Fred. Está acostumbrado a tener espacio, y una sola persona deja pocos huesos. ¿Crees que cuando termine mi curso encontraré un trabajo en California? Estoy estudiando en una academia, pero no soy un relámpago, sobre todo en mecanografía, es como si mis dedos la odiaran. Supongo que es como tocar el piano, que hay que aprender de pequeño. -Se miró inquisitivamente las manos, suspirando-. Tengo una clase a las tres; ¿te importa que te enseñe el abrigo?
Era de esperar que el aire festivo de unas cosas saliendo de una caja alegrase a Mrs. Chase, pero cuando vio la tapa retirada la invadió una desazón melancólica. -Era de mi madre. Que debió de usarlo sesenta años, pensó Mrs. Chase, mirándose al espejo. El abrigo le llegaba a los tobillos. Frotó con la mano su piel deslustrada, raída, y la notó mohosa, rancia, como si hubiese estado en un desván a la orilla del mar. Hacía frío dentro del abrigo, estaba tiritando, y al mismo tiempo un arrebol le calentó la cara, porque en aquel mismo momento advirtió que Alice estaba mirando por encima de su hombro y en su cara había una expectación demacrada, indecorosa, que no tenía antes. En materia de compasión, Mrs. Chase hacía economías: antes de darla tomaba la precaución de atarle una cuerda, por si acaso necesitaba recuperarla. Al mirar a Alice Severn, sin embargo, fue como si hubieran cortado la cuerda, y por una vez se topó de lleno con las obligaciones de la compasión. Así y todo se resistió, en busca de una escapatoria, pero entonces sus ojos chocaron con los de la otra y vio que no había ninguna.(...)
Todavía arrastrando el burdo abrigo, fue hasta un rincón del cuarto donde había un escritorio y, escribiendo a tirones rencorosos, rellenó un cheque contra su cuenta corriente: no tenía intención de que su marido se enterase. Lo que más despreciaba Mrs. Chase era el sentimiento de pérdida; una llave fuera de su sitio, una moneda cayendo al suelo aceleraban su conciencia del robo y de las estafas de la vida.
Una sensación similar la embargó cuando entregó el cheque a Alice Severn, que lo dobló y lo guardó sin mirarlo en el bolsillo del traje. Era por un importe de cincuenta dólares. -Querida -dijo Mrs. Chase, abatida por una falsa inquietud-, tienes que llamarme por teléfono para decirme cómo van las cosas. No debes sentirte sola. Alice Severn no le dio las gracias y en la puerta no le dijo adiós. En cambio, cogió una mano de Mrs. Chase y le dio unas palmadas, como si estuviera premiando con suavidad a un animal, a un perro. Al cerrar la puerta, Mrs. Chase se miró la mano y se la acercó a los labios. El tacto de la otra mano perduraba en ella, y se quedó esperando a que se disipara: poco después, la mano se le volvió a enfriar.

|

noviembre 08, 2004



|

Ulrica

Aunque lo acusaron de misógino, Jorge Luis Borges escribió páginas de amor de elaborada belleza. En este fragmento de Ulrica, cuento incluído en El libro de arena, un catedrático maduro se enamora de una mujer a la que sabe que, en menos de 24 horas, no volverá a ver en su vida.

En Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las arres. No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco. Nos presentaron. Le dije que era profesor de la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano. Me preguntó de un modo pensativo: -¿Qué es ser colombiano? -No sé -le respondí-. Es un acto de fe. -Como ser noruega -asintió. Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más: Ulrica me invitó a su mesa.
Me dijo que le gustaba salir a caminar sola. Recordé una broma de Schopenhauer y contesté: -A mí también. Podemos salir juntos los dos. Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona. Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó. Al rato dijo como si pensara en voz alta:-Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo. Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia
Londres; yo, hacia Edimburgo. -En Oxford Street -me dijo- repetiré los pasos de De Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres. De Quincey -respondí- dejó de buscarla. Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado.Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé en la boca y los ojos. Me apartó con suave firmeza y luego declaró: -Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones.



|

noviembre 01, 2004

El otro cielo

Micro 273, a eso de las dos de la tarde.
Un jubilado con ganas de hablar me cuenta que nació en Bolívar, que hizo sus estudios en el excelentísimo Colegio Nacional, donde dio clases un ilustre escritor, nacido en Bruselas y muerto en París. Me cuenta que él no lo tuvo de profesor, pero que su padre que trabajaba en el Banco recuerda cuando venía a cobrar y firmaba los cheques...
Es lo más físicamente cerca que podré estar de Cortázar en toda mi vida.
Casi le pido un autógrafo al tipo.

|

adopt your own virtual pet!