diciembre 27, 2004

Notas sobre la peste

“No escribo para salvar a la humanidad, escribo para salvarme a mí mismo”, dijo alguna vez Henry Charles Bukowski (1920-1994). Quizá por eso toda su obra esprofundamente autobiográfica, llena de mujeres, borracheras y desprecio haciaciertaparte de la humanidad. Como este texto que habla de “la peste”, una forma dereferirse a las personas malignas y destructivas.

La peste es, en cierto modo, un ser muy superior a nosotros: sabe dónde encontrarnos y cómo... normalmente en el baño o en plena relación sexual, o dormidos. (...) La peste siempre desborda vulgares y secas chorradas que considera sabiduría propia. Algunas de sus observaciones favoritas son: * No es cierto eso de TODOS malos. Dices que todos los policías son malos. Pues bien, no lo son. He conocido algunos buenos. Existe el policía bueno. No te concede posibilidad de explicarle que cuando un hombre se pone ese uniforme, es el protector pagado de las cosas del tiempo presente. Está aquí para procurar que las cosas sigan como están. Si te gusta como están las cosas, entonces todos los polis son polis buenos. Si no te gusta cómo están las cosas, entonces todos los polis son malos. Sí existe lo de TODOS malos. Pero la peste está impregnada de estas hueras filosofías caseras y no las abandonará. La peste, incapaz de pensar, se aferra a la gente... hosca y definitivamente y para siempre.* No estamos informados de lo que pasa, no tenemos las soluciones auténticas. Hemos de confiar en nuestros gobernantes.
Esta es tan jodidamente estúpida que no quiero ni comentarla. En realidad, bien pensado, no enumeraré más comentarios de la peste porque empiezo ya a ponerme malo. En fin. Pues bien, esta peste no necesita ser una persona que te conozca por el nombre o la dirección. La peste está en todas partes, siempre, dispuesta a lanzar su apestoso y envenenado rayo mortífero sobre ti. (...) Quizás las cosas mejoraran si todos comprendiéramos que quizás hayamos sido pestes para alguien una u otra vez, aunque no lo supiéramos. Mierda, que horrible pensamiento, pero es muy probable que sea cierto y quizás nos ayude a soportar la peste. No hay, en realidad, un tipo cien por cien. Todos poseemos locuras y taras diversas de las que nosotros no somos conscientes pero sí todos los demás. Quizás algún día se construya, reconstruya, el mundo, de modo que la peste, en virtud de la generosidad de sistemas claros y vida decente, no sea ya la peste. Existe la teoría de que crean la peste cosas que no deberían existir. Mal gobierno, atmósfera viciada, relaciones sexuales jodidas, una madre con un brazo de madera, etc. Nunca sabremos sillegará o no la sociedad utópica. (...) La peste aún está aquí. Yo vivo hoy, no mañana. Mi utopía sígnifica menos peste AHORA. (...)Piensa en todas las pestes que hayas conocido y pregúntate si se han reído alguna vez. ¿Se han reído? Dios mío, y ahora que lo pienso, no es que yo me ría gran cosa. No puedo reírme más que cuando estoy solo. ¿Habré estado escribiendo sobre mí mismo? Una peste apestada por pestes. Piénsalo. Toda una colonia de pestes retorciéndose y clavando colmillo y 69-ando. ¿¿69-ando??

Encendamos un Chester y olvidemos el asunto.

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diciembre 09, 2004

Juntacadaveres

Un hombre llega a un perdido pueblito acompañado por tres prostitutas venidas a menos, con las que piensa fundar un burdel. Personajes agobiados, casi muertos en vida, conforman el microcosmos de Juntacadáveres, la novela del uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1995) de donde extrajimos este fragmento.

Junta avanzaba medio paso delante de las mujeres y su mano derecha con un ramo de flores rojas, raquíticas (...) Junta un poco adelantado y ellas tres en línea, moviéndose de acuerdo; la gorda maternal, la rubia estúpida y flaca, la más alta colocada en el medio justamente detrás de Junta. Todas llevaban vestidos largos, apretados en la cintura, sombreros con frutas, flores y velos, rellenos y remolinos de tela en las caderas. No parecían llegar de la capital, sino de mucho más lejos, de años de recordación imprecisa. Ahora giraban, tomadas del brazo, charlando con deliberada estridencia, medio paso detrás del hombre de negro que las conducía, para dirigirse hacia la valla de madera verde, hacia donde esperaban los dos changarines y se estremecía el capot del Ford de Carlos. La mujer más alta me miró un segundo cuando daban el cuarto de vuelta para salir de la estación; me sonrió y entornó los ojos, su boca se escondió atrás del perfil de oveja de la vaca flaca.

- ¿Qué te parecieron? -preguntó Tito.Continuamos inmóviles contra las bolsas, oímos el jadeo del tren que se iba, presenciamos el adelgazamiento y la desaparición del rayo de sol que había tocado oblicuo los campos de la Escuela. Sin hablarnos, imaginamos el paso del estremecido cochecito negro por las calles de alrededor de la plaza, por el camino de Soria, junto a los viñedos, por la carretera cuidada de la Colonia, flanqueado siempre por la hostilidad y la ausencia, por puertas cerradas, por ventanas y balcones ciegos y oscurecidos. Imaginamos a Carlos en el volante, falsamente atento al camino, desinteresado de lo que llevaba junto al brazo y a sus espaldas; a Larsen, negro, disimulando el desconcierto, con la sombrerera encima de las rodillas, el puño blanco de la camisa tocando casi los tallos de las flores secas que empuñaba como un arma. Las mujeres con sus vestidos que eran como uniformes, planeados para deslumbrar a Santa María, descendiendo a través del calor de tormenta y del evidente repudio; sacudidas y humilladas por el agobio de los elásticos del cochecito, rodando hacia la casa aislada en el bajo, cerca de la fábrica de conservas y el rancherío; temiendo y desanimándose ante la persistencia unánime de la clausura, oliendo las grandes flores prendidas en el pecho. El calor que trepa de los inverosímiles descotes triangulares. Pero la soledad de la calle continúa entrando en el Ford como las nubes de tierra ardiente y nada puede asordar las negativas que les repite Santa María, dormida y despoblada en medio de la tarde.-¿Qué te parecieron? -volvió a preguntar Tito.-Son mujeres -dije, sacudiendo desinteresadamente una mano.

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