febrero 21, 2005

La cocina caníbal

Separe a dos enamorados. Ponga en una olla un trozo de mantequilla del tamaño de un bebé.
Cuando la mantequilla esté caliente, mate a los enamorados deshechos en lágrimas, vacíelos, y, después, póngalos a cocer juntos. Cuando hayan adquiridou na bonita palidez, retírelos.
Haga un caldo con harina y mantequilla, sal, pimienta, un ramito de muguete (si es
temporada), tomillo y laurel. Vuelva a echar a los enamorados en la olla, con una docena de
cebollitas tiernas y, quince minutos antes de servir, añada un puñado de champiñones. Se pueden agregar unos golpes yu nas cuantas heridas.

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Buena acción

Retiró las mantas bruscamente y escuchó con la máxima atención. No se había equivocado. Una voz que se debilitaba rápidamente gritó aún varias veces:“¡Socorro!”. El señor Scrouge vivía en un apartamento situado junto al río. La voz provenía, sin duda, de un desgraciado caído al Sena. Sin hacer caso al frío que hacía temblar sus resecos miembros, se puso apresuradamente el batín y las zapatillas y se precipitó al exterior. Atravesó la calzada y apoyado en el parapeto escrutó el agua negra. Un hombre, como cogido en una trampa de líquido viscoso, se debatía débilmente.”Soy viejo -se dijo el señor Scrouge-. ¿Qué puedo esperar ya de la vida? Si a este hombre que se está ahogando, obtendré más satisfacciones que las que puedan darme algunos años de vida miserable”. Franqueó valientemente el parapeto y se lanzó al agua. Se fue al fondo, porque tenía un corazón de piedra.

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febrero 03, 2005

Maletas

Nacido en Pisa en 1943, Antonio Tabucchi es uno de los más importantes escritores italianos contemporáneos. Polifacético, capaz de escribir cuentos, novelas, relatos policiales, cartas, ensayos o textos metaliterarios, llegó a ser best seller con su libro Sostiene Pereyra. El fragmento siguiente pertenece a Nocturno Hindú.

“Qué hacemos dentro de estos cuerpos”, dijo el señor que se disponía a acostarse en la cama contigua a la mía. Su voz tenía un tono interrogativo, tal vez no era una pregunta, era sólo una constatación, a su manera; de todos modos hubiera sido una pregunta a la que no habría podido responder. La luz procedente de los andenes de la estación era amarilla y dibujaba en las paredes desconchadas su sombra delgada que se movía en la habitación con ligereza, con prudencia y discreción, me pareció, como se mueven los indios.“Tal vez viajamos en su interior”, dije yo. Debía haber pasado un cierto tiempo desde su primera frase, me había perdido en consideraciones lejanas: algún minuto de sueño, tal vez. Estaba muy cansado. El dijo: “¿Cómo ha dicho?”. “Me refría a los cuerpos”, dije yo, “a lo mejor son como maletas, nos transportamos a nosotros mismos”. (...) “Es usted católico, supongo”, dijo mi compañero.“Todos los europeos son católicos, de alguna forma”, dije yo. “O en definitiva cristianos, es prácticamente lo mismo”. El hombre repitió mi adverbio como si lo saborease. “Practically...actually”,dijo , “curiosas palabras, cuántas veces las he oído en Inglaterra, ustedes los europeos utilizan frecuentemente estas palabras. Todavía no he podido establecer si es por pesimismo o por optimismo ¿usted qué cree?”. Le pregunté si podía explicarse mejor.“Oh”, dijo, “es difícil explicarse mejor. Verá, a veces me pregunto si es un apalabra que indica soberbia o en cambio significa únicamente cinismo. Y quizá mucho miedo, también. ¿Me comprende usted?”. “No lo sé”,dije yo, “no es muy fácil. Pero talvez la palabra prácticamente no quiera decir prácticamente nada”. Mi compañero se rió. Era la primera vez que lo hacía. “Es usted muy hábil”, dijo, “me ha ganado y a la vez me ha dejado ganar, prácticamente”. También yo me reí, y luego me apresuré adecir: “De todas formas, en mi caso es prácticamente miedo”. Permanecimos unos instantes en silencio, luego mi compañero me pidió permiso para fumar. “Hace tiempo leí los Evangelios”, dijo, “es un libro muy extraño”. “¿Sólo extraño?”, pregunté. Pareció dudar. “También lleno de soberbia”, dijo, “y no lo digo con mala intención”. “Temo no haberle entendido bien”, dije yo.“Me refería a Cristo”, repuso. El reloj de la estación dio las doce y media. Sentía que el sueño se iba apoderando de mí. “Varanasi es Beranés”, dije, “es una ciudad santa, ¿también usted hace un peregrinaje?”. Mi compañero apagó el cigarrillo y tosió levemente. “Voy a morir”, dijo, “me quedan pocos días de vida”. Se acomodó la almohada bajo la cabeza. “Pero tal vez convenga dormir”, prosiguió, “no tenemos muchas horas de sueño, mi tren sale a las cinco”. “El mío sale poco después”,dije. “Oh, no tema”, dijo él, “el sirviente le despertará a tiempo. Supongo que no tendremos oportunidad de volvernos a ver con las apariencias bajo las que nos hemos conocido, nuestras actuales maletas. Le deseo buenviaje”. “También yo se lo deseo a usted”, respondí.

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