abril 19, 2005

El peatón

Ray Bradbury, el llamado “poeta de la ciencia ficción”, siempre se destacó por su poder para expresar con la historia de un individuo toda una dramática visión del mundo y su posible futuro. En 1952, imaginó la fría y desoladaciudad donde pasea El peatón.

Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a unamanzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz. Una voz metálica llamó: -Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva! Mead se detuvo.-¡Arriba las manos! -Pero... -dijo Mead. -¡Arriba las manos, odispararemos! La policía, por supuesto, pero que cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.-¿Su nombre? -dijo el coche policía con un susurro metálico. Mead, con la luz del reflector en los ojos, no podía ver a los hombres. -Leonard Mead -dijo.-¡Más alto!-¡Leonard Mead! -¿Ocupación o profesión? -Imagino que ustedes me llamarían un escritor. -Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo. (...) -¿Qué estaba haciendo afuera?-Caminando -dijo Leonard Mead.-¡Caminando!-Sólo caminando - dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara. -¿Caminando adónde, para qué? -Caminando para tomar aire, para ver. (...) -¿Ha hecho esto a menudo? -Todas las noches durante años. El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente. -Bueno, señor Mead -dijo el coche. -¿Esoes todo? -preguntó Mead cortésmente. -Sí -dijo la voz-. Acérquese. -Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par. - Entre. -Un minuto. ¡No he hecho nada! -Entre. Mead entró como un hombre que de repente se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche. (...) -¿Adónde me llevan? -Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas. (...) El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, y no se oyó ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.

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abril 01, 2005

El pensador

Boris Vian (1920-59) fue un escritor polémico. En 1946 su novela Escupiré sobre vuestras tumbas escandalizó no sólo por su violencia y sexo explícitos, sino porque el protagonista era un negro que se vengaba de la sociedad racista blanca. En este extracto de El Pensador muestra parte de su sarcasmo.

Fue el día en que cumplía once años cuando el pequeño Urodonal Carrier reparó, de manera repentina, en la existencia de Dios. La providencia, en efecto, le reveló de improviso su condición de pensador y, si se considera que hasta entonces se había acreditado como completamente idiota en todos los terrenos, mal se podría creer que el Señor no hubiese tenido parte en tan súbita transformación.Con la mala fe que les caracteriza, los habitantes de La-Houspignole-sur-Côtés me objetarán, sin duda, la caída de cabeza sufrida la víspera por el pequeño Urodonal, así como los nueve almadreñazos que en la misma mañana de su aniversario le propinó el bueno de su tío, al sorprenderle comprobando por sí mismo si la sirvienta se cambiaba de ropa interior cada tres semanas, como le tenía ordenado su padre. (...) La cosa sucedió de manera muy sencilla. Durante el retiro espiritual que precede a la primera comunión, al señor cura, que estaba sobrio de milagro, se le ocurrió preguntar:-¿A qué se debió la caída de Adán y Eva? Nadie supo responder, pues en el campo no es pecado hacer el amor. Pero Urodonal levantó la mano.-¿Lo sabes tú? -se extrañó el párroco.-Si, señor cura -dijo Urodonal-. Se debió a un error del Génesis. El sacerdote notó pasar las alas del Espíritu Santo, y se volvió a poner el alzacuello por temor a la corriente de aire. A continuación dio recreo a los rapaces y se sentó para meditar. Tres meses más tarde, todavía meditando, dejó la aldea y se hizo ermitaño. -Mucho alcance tiene lo que dijo- no hacía más que repetir. La reputación de Urodonal como pensador se estableció desde aquel día con notable solidez en todo La-Houspignole. Se acechaban sus frases más insignificantes. Pero hay que reconocer que el Espíritu no volvió casi a manifestarse. (...) Al final de sus estudios volvió a conquistar una resonante victoria en clase de filosofía. -Voy a leerles un pensamiento de Epícteto- había anunciado el profesor. Y leyó:"Si quieres avanzar por la senda de la sabiduría, no te importe pasar por imbécil e insensato en las cosas de este mundo". -Y viceversa- dijo en voz baja Urodonal. El profesor se inclinó ante él. - Nada tengo que enseñarle, querido hijo mío- dijo. (...) En su vida sentimental, Urodonal también resultaba prodigioso.-Decir "tú ya no me amas"-aseguraba a Marinouille, su celosa amiguita- es tanto como decir "ya no creo que me ames".Y eso ¿cómo puedes saberlo? Palabras que dejaron muda a Marinouille.Sin embargo, a un tipo de la envergadura de Urodonal no le podía satisfacer la mediocre existencia que llevaba entre Marinouille y su cornetín. -Vivir
peligrosamente!- repetía de vez en cuando, con salvajes destellos discurriendo por su indomable mirada.Y cierto, Marinouille le encontró muerto en la cama. Desde hacía poco venía estrechando culpables relaciones con un joven descarriado de crapulosas costumbres, que se había evadido de un penal en el que purgaba tres meses de prisión por el asesinato de doce personas. Sin embargo, Urodonal no tenía nada de vicioso. La explicación de su triste final se encontró en una recopilación de pensamientos inéditos que no contenía más que uno, escrito en la primera página."Qué puede ser más peligroso que hacerse matar", había anotado Urodonal. Una verdad como un templo.

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El Príncipe y el Rey

El 31 de julio de 1944, antes de despegar en una misión de reconocimiento, dejó escrito en su mesa de trabajo: “Si me derriban no extrañaré nada. El hormiguero del futuro me asusta y odio su virtud robótica. Me despido, Antoine de Saint-Exupéry”.
Nunca regresó. Un año antes había publicado lo que algunos consideran una obra cumbre del existencialismo: El Principito. De allí es este extracto


El primer asteroide estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado en un trono muy sencillo y sin embargo majestuoso.-¡Ah! He aquí un súbdito -exclamó el rey cuando vio al principito.Y el principito se preguntó: -¿Cómo puede reconocerme si nunca me ha visto antes? No sabía que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.-Acércate para que te vea mejor -le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser al fin rey de alguien.(...) Sire... -le dijo- os pido perdón por interrogaros...-Te ordeno interrogarme -se apresuró a decir el rey. -Sire... ¿sobre qué reináis? -Sobre todo- respondió el rey, con gran simplicidad. -¿Sobre todo? El rey con un gesto discreto señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.(...) -Quisiera ver una puesta de sol... Hazme el gusto... Ordena al sol que se ponga. -Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina y si el general no ejecuta la orden recibida, ¿quién, él o yo, estaría en falta? -Vos- dijo firmemente el principito. -Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer -replicó el rey-. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya a arrojarse al mar,
hará una revolución. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.- ¿Y mi puesta de sol? -respondió el principito, que jamás olvidaba una pregunta una vez que la había formulado. -Tendrás tu puesta de sol. Lo exigiré. Pero esperaré, con mi ciencia de gobernante, a que las condiciones sean las favorables. -¿Cuándo serán favorables las condiciones? -averiguó el principito. -¡Hem! ¡Hem!- le respondió el rey, que consultó antes un grueso calendario-, ¡hem!, ¡hem!, ¡será a las... a las... ¡será esta noche a las siete y cuarenta! ¡Y verás cómo soy obedecido!(...) El principito, habiendo concluido sus preparativos, no quiso afligir al viejo monarca: -Si Vuestra Majestad desea ser obedecido puntualmente podría
darme una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, que parta antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables...Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló un momento, y luego, son un suspiro, emprendió la partida. -Te hago embajador -se apresuró entonces a gritar el rey.Tenía un aire muy autoritario.Las personas grandes son bien extrañas, díjose a sí mismo el principito durante el viaje.

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