El peatón
Ray Bradbury, el llamado “poeta de la ciencia ficción”, siempre se destacó por su poder para expresar con la historia de un individuo toda una dramática visión del mundo y su posible futuro. En 1952, imaginó la fría y desoladaciudad donde pasea El peatón.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a unamanzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz. Una voz metálica llamó: -Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva! Mead se detuvo.-¡Arriba las manos! -Pero... -dijo Mead. -¡Arriba las manos, odispararemos! La policía, por supuesto, pero que cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.-¿Su nombre? -dijo el coche policía con un susurro metálico. Mead, con la luz del reflector en los ojos, no podía ver a los hombres. -Leonard Mead -dijo.-¡Más alto!-¡Leonard Mead! -¿Ocupación o profesión? -Imagino que ustedes me llamarían un escritor. -Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo. (...) -¿Qué estaba haciendo afuera?-Caminando -dijo Leonard Mead.-¡Caminando!-Sólo caminando - dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara. -¿Caminando adónde, para qué? -Caminando para tomar aire, para ver. (...) -¿Ha hecho esto a menudo? -Todas las noches durante años. El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente. -Bueno, señor Mead -dijo el coche. -¿Esoes todo? -preguntó Mead cortésmente. -Sí -dijo la voz-. Acérquese. -Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par. - Entre. -Un minuto. ¡No he hecho nada! -Entre. Mead entró como un hombre que de repente se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche. (...) -¿Adónde me llevan? -Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas. (...) El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, y no se oyó ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.



