Tiempo para dormir
Robert Anson Heinlein (1907-1988) fue un militar retirado por problemas de salud, que aprovechó esta circunstancia para hacerse una carrera como escritor en la naciente ciencia ficción. Durante décadas fue considerado el mejor en el género. En este fragmento de Tiempo para amar defiende el hábito de dormir contra los que creen que “al que madruga, Dios lo ayuda”.
Bien, pues... Cuando llegué me dijo usted que eso de madrugar es un vicio. ¿Lo decía en serio? -Es posible. El abuelo Johnson aseguraba que lo era. Solía contar la historia de un hombre que debía ser fusilado al amanecer, pero no oyó el despertador y llegó tarde. Le conmutaron la sentencia y vivió cincuenta o sesenta años más. El abuelo decía que aquel caso probaba su teoría. -¿Y usted cree que esa historia es cierta? -Tan cierta como cualquiera de las que contaba Scherezade. Yo interpreto así la moraleja: “Duerme cuanto puedas, porque acaso tengas que pasar mucho tiempo en vela”. Madrugar puede no ser un vicio, Ira, pero desde luego no es una virtud. Todo lo que demuestra el cuento del pajarito madrugador es que el gusano debió quedarse un rato más en la cama. No trago a la gente que presume de madrugadora. -No pretendía hacer tal cosa, abuelo. Me levanto temprano como consecuencia de un hábito largamente cultivado: el hábito de trabajar. Yo no digo que sea una virtud. -¿Qué: trabajar o madrugar? Ni lo uno ni lo otro es una virtud. No se produce más por levantarse antes: es como cortar un cabo de una cuerda y atarlo al otro queriendo hacerla más larga. En realidad, uno trabaja menos si se empeña en levantarse bostezando y todavía cansado. No se está ágil y se cometen errores que obligan a repetir la tarea, y este trajín resulta improductivo y engorroso, además de molesto para quienes dormirían hasta más tarde si el vecino no anduviera trasteando y haciendo ruido a horas intempestivas. El progreso no lo traen los madrugadores, Ira, sino los perezosos que buscan la forma más cómoda de hacer las cosas.



