mayo 30, 2005

Tiempo para dormir

Robert Anson Heinlein (1907-1988) fue un militar retirado por problemas de salud, que aprovechó esta circunstancia para hacerse una carrera como escritor en la naciente ciencia ficción. Durante décadas fue considerado el mejor en el género. En este fragmento de Tiempo para amar defiende el hábito de dormir contra los que creen que “al que madruga, Dios lo ayuda”.

Bien, pues... Cuando llegué me dijo usted que eso de madrugar es un vicio. ¿Lo decía en serio? -Es posible. El abuelo Johnson aseguraba que lo era. Solía contar la historia de un hombre que debía ser fusilado al amanecer, pero no oyó el despertador y llegó tarde. Le conmutaron la sentencia y vivió cincuenta o sesenta años más. El abuelo decía que aquel caso probaba su teoría. -¿Y usted cree que esa historia es cierta? -Tan cierta como cualquiera de las que contaba Scherezade. Yo interpreto así la moraleja: “Duerme cuanto puedas, porque acaso tengas que pasar mucho tiempo en vela”. Madrugar puede no ser un vicio, Ira, pero desde luego no es una virtud. Todo lo que demuestra el cuento del pajarito madrugador es que el gusano debió quedarse un rato más en la cama. No trago a la gente que presume de madrugadora. -No pretendía hacer tal cosa, abuelo. Me levanto temprano como consecuencia de un hábito largamente cultivado: el hábito de trabajar. Yo no digo que sea una virtud. -¿Qué: trabajar o madrugar? Ni lo uno ni lo otro es una virtud. No se produce más por levantarse antes: es como cortar un cabo de una cuerda y atarlo al otro queriendo hacerla más larga. En realidad, uno trabaja menos si se empeña en levantarse bostezando y todavía cansado. No se está ágil y se cometen errores que obligan a repetir la tarea, y este trajín resulta improductivo y engorroso, además de molesto para quienes dormirían hasta más tarde si el vecino no anduviera trasteando y haciendo ruido a horas intempestivas. El progreso no lo traen los madrugadores, Ira, sino los perezosos que buscan la forma más cómoda de hacer las cosas.

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mayo 23, 2005

Que sepa volar

Oliverio Girondo (1891-1967) fue un poeta argentino transgresor, que supo subvertir con maestría las estructuras del lenguaje poético de su tiempo. El texto que presentamos, el primero de Espantapájaros, es una poesía en pseudo prosa embuída de pasión y humor.

No sé. Me importa un pito que la mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afordisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! - y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretenden seducirme!
Esta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!..." y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia el de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un sólo vuelo!
Después de conocer a una mujer etérea ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

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mayo 18, 2005

Rosario Tijeras (fragmento)

Jorge Franco Ramos es un escritor colombiano nacido en 1964. Su obra más conocida - traducida a varios idiomas- es Rosario Tijeras (1999), de donde extrajimos este fragmento.

Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte. Pero salió de dudas cuando despegó los labios y vio la pistola. -Sentí un corrientazo por todo el cuerpo. Yo pensé que era el beso... -me dijo desfallecida camino al hospital. -No hables más, Rosario -le dije, y ella apretándome la mano me pidió que no la dejara morir. -No me quiero morir, no quiero. Aunque yo la animaba con esperanzas, mi expresión no la engañaba. Aun moribunda se veía hermosa, fatalmente divina se desangraba cuando la entraron a cirugía. La velocidad de la camilla, el vaivén de la puerta y la orden estricta de una enfermera me separaron de ella. (...) No me canso de repetir su nombre mientras amanece, mientras espero a que llegue Emilio que seguramente no vendrá, mientras espero que alguien salga del quirófano y diga algo. Amanece más lento que nunca, veo apagarse una a una las luces del barrio alto de donde una vez bajó Rosario. -Mira bien donde estoy apuntando.Allá arriba sobre la hilera de luces amarillas, un poquito más arriba quedaba mi casa. Allá debe estar doña Rubi rezando por mí. Yo no vi nada, sólo su dedo estirado hacia la parte más alta de la montaña, adornado con un anillo que nunca imaginó tener, y su brazo mestizo y su olor a Rosario. Sus hombros descubiertos como casi siempre, sus camisetas diminutas y sus senos tan erguidos como el dedo que señalaba. Ahora se está muriendo después de tanto esquivar la muerte.

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mayo 09, 2005

Inspiración

Roberto Fontanarrosa nació en Rosario, en 1944. Su veta más conocida es lade historietista, gracias a personajes como Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso. También ha escrito numerosos cuentos y relatos. De uno de ellos extrajimos este fragmento.

Armando estaba quieto, mirando fijamente al frente, como aterido, y de pronto el dorado rayo de luz lo atrapó levitándolo unos centímetros. Rompió el coral de ángeles a cantar y de nuevo el viento casi huracanado que se generaba dentro de ese baño de luz ambarina, despeinó el cabello del autor. Esta vez fueron pequeños pájaros de pecho rojo los que escaparon de bajo su saco de cuero y hasta pareció escucharse un rumor de mar entre las voces de los niños celestiales. -¡La musa, la musa! -alcanzó a decir, paralizada, Nacha. Cuando terminó de decirlo, el fenómeno había cesado. Corrieron hacia Armando quien ya estaba de nuevo apoyado con ambos piessobre la vereda, alborotado el pelo, confuso, meneando la cabeza, tocándoselos labios. La calle parecía más vacía, más silenciosa y más oscura que nunca tras la retirada del cilindro de luz. Entre Nacha y Buchi, practicamente alzado por los codos, llevaron a Armando hasta el Dory. -¡Lo agarró, lo agarró de nuevo! -comunicó Nacha a los gritos, a los demás, entanto sentaban a Armando en una silla. -¡Armando, Armando...-lo tomó del brazo Manuel-. ¿Qué te dijo? ¿Qué te dijo? Armando miraba fijamente una botella estacionada frente a él. Su mano derecha se abría y cerraba, nerviosa. -¿Qué te dijo? ¿Querés papel? -insistió Nacha. Armando recorrió los rostros anhelantes de todos, con lentitud. -¿Podés creer... -comenzó, con broma- podés creer que no le escuché nada? -¡¿Cómo?! saltaron todos. -¿Y qué voy a escuchar -golpeó con su puño derecho sobre la mesa, Armando- con ese coro de mierda que te aturde? ¿Qué voy a escuchar?

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mayo 02, 2005

El mundo de Sofía

Jostein Gaarder es un escritor noruego nacido en 1952 y conocido internacionalmente por su novela sobre la historia de la filosofía, El mundo de Sofía. Envuelta en una acción que gira en torno a Sofía, una niña de 14 años que de forma misteriosa se enfrenta a preguntas existenciales, Gaarder desarrolla una ingeniosa historia de la filosofía, expuesta con sencillez. Este es un párrafo de esa obra.

“Quizás esto último te resulte un poco difícil de digerir, Sofía. Empiezo de nuevo: Sócrates pensaba que era imposible ser feliz si uno actúa en contra de sus convicciones. Y el que sepa cómo se llega a ser un hombre feliz, intentará serlo. Por ello, quien sabe lo que está bien, también hará el bien, pues ninguna persona querrá ser infeliz, ¿no? ¿Tú qué crees, Sofía?¿Podrás vivir feliz si constantemente haces cosas que en el fondo sabes que no están bien? Hay muchos que constantemente mienten, y roban, y hablan mal de los demás. ¡Deacuerdo!Seguramente saben que eso no está bien, o que no es justo, si prefieres. ¿Pero crees que eso les hace felices? Sócrates no pensaba así”. Cuando Sofía hubo leído la carta sobre Sócrates, la metió en la caja y salió al jardín. Quería meterse en casa antes deque su madre volviera de la compra, para evitar un montón de preguntas sobre dónde había estado. Además, había prometido fregar los platos. Estaba llenando de agua la pila cuando entró su madre con dos bolsas de compra. Quizás por eso dijo: - Pareces estar un poco en la luna últimamente, Sofía. Sofía no sabía por que lo decía, simplemente se le escapó: -Sócrates también lo estaba. - ¿Sócrates? La madre abrió los ojos de par en par. -Es unapena quetuviera que pagar con su vida por ello -prosiguió Sofía muy pensativa. -¡Pero Sofía! ¡Ya no sé qué decir! -Tampoco lo sabía Sócrates. Lo único que sabia era que no sabía nada en absoluto. Y, sin embargo, era la persona más sabia de Atenas. La madre estaba atónita. Al final dijo: -¿Es algo que has aprendido en el instituto? Sofía negó enérgicamente con la cabeza. -Allí no aprendemos nada... La gran diferencia entre un maestro de escuela y un auténtico filósofo es que el maestro cree que sabe un montón e intenta obligar alos alumnos a aprender. Un filósofo intenta averiguar las cosas junto con los alumnos.

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