octubre 31, 2005

El paraíso urbano

Giovanni Papini (1881-1956) fue uno de los lectores más influyentes de la literatura italiana. En esta ocasión seleccionamos un fragmento perteneciente a Desquite

Poco a poco conseguí comprar las pocas casas que no eran de mi propiedad y me encontré dueño absoluto de veinte acres de New York, más de ochenta mil metros cuadrados. Fueron necesarios seis meses para hacer salir a todos los habitantes y diez meses para derribar todas las casas. Quedaban, entre los escombros, algunas vías públicas sobre las cuales no tenía derecho. Fue necesario un año de gestiones e instancias cerca del municipio y del Estado de New York para que me cediesen aquellas calles para mi uso. No habiendo ya habitantes, las calles de acceso a las casas destruidas eran ahora inútiles. Tuve que hacer creer que destinaría a uso público el parque, para hacer desaparecer la última resistencia. Apenas estuvo todo en regla, obré como me pareció.
Los veinte acres fueron circundados de una gran muralla alta, sin ventanas, cancelas o portalones -el ingreso para mí es subterráneo- y un cuartel general de botánicos, de zoólogos y de ingenieros, después de tres años de trabajo, ha realizado el milagro.
En el lugar del asqueroso barrio habitado por obreros, pequeños empleados, pequeños tenderos, se halla ahora una especie de selva virgen con largos bosques, prados y canales, donde los pájaros cantan, donde los árboles florecen, donde apenas se oye, lejano y confuso, el rumor de la ciudad infernal. Una parte del terreno ha sido convertido en jardín zoológico; leones y panteras rugen allí donde antes alborotaban los chiquillos y charlaban las comadres. En la parte destinada a bosque he hecho introducir liebres, ardillas y erizos, y nadie tiene derecho a matarlos. Las plantas traídas aquí ya adultas, defendidas con los métodos más seguros, están ya vigorosas y se multiplican, hasta el punto de formar umbríos senderos y dédalos pintorescos; la ilusión de estar apartado centenares de millas de la población más inmunda de la tierra.
Yo solo disfruto de este pequeño paraíso terrenal reconquistado. No hago entrar a nadie ni invito a nadie. (...) Me he pagado, en el corazón de una ciudad orgullosa y colosal, el verdadero lujo, el más costoso del hombre moderno: el aislamiento y el silencio. Los que pasan por el exterior y ven los altos muros desnudos y saben lo que hay dentro, exclaman: ¡Caprichos de un loco! Yo, en cambio, tengo la impresión de haberme fabricado, en el recinto de un vasto manicomio, una pequeña pero alegre celda de sabiduría.

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octubre 26, 2005

El diccionario del Diablo II

  • Gato: Autómata blando e indestructible que nos da la naturaleza para que lo pateemos cuando las cosas andan mal en el círculo doméstico.
  • Historia: Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.
  • Humildad: Paciencia inusitada para planear una venganza que valga la pena.
  • Imparcial: Incapaz de percibir promesa de ventaja personal en la adhesión a uno de los bandos de una controversia, o en la adopción de una entre dos ideas en conflicto.
  • Ladrón de cadáveres: El que provee a los médicos jóvenes lo que los médicos viejos han provisto al enterrador.
  • Ociosidad: Granja modelo donde el diablo experimenta las semillas de nuevos pecados y promueve el crecimiento de los vicios básicos.
  • Peatón: Para un automóvil, parte movediza (y audible) del camino.
  • Plomo: Metal pesado, de color gris azulado, que se usa mucho para dar estabilidad a los amantes livianos, particularmente a los que aman mujeres ajenas.
  • Rezar: Pedir que las leyes del universo sean anuladas en beneficio de un solo peticionante, confesadamente indigno.
  • Sartén: Instrumento de tortura usado en esa institución punitiva por excelencia, la cocina femenina.
  • Vidente: Persona, por lo general mujer, que tiene la facultad de ver lo que resulta invisible para su cliente: o sea, que es un tonto.
  • Virtudes: Ciertas abstenciones.

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octubre 17, 2005

El diccionario del diablo I

Ambroise Beirce (1842-1914) fue un escritor, periodista y aventurero norteamericano, desaparecido luego de cruzar la frontera para sumarse a la revolución zapatista. El Diccionario del diablo es una muestra de su cínico humor.
  • Aborígenes: Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.
  • Altar: Sitio donde antiguamente el sacerdote arrancaba, con fines adivinatorios, el intestino de la víctima sacrificial y cocinaba su carne para los dioses. En la actualidad, el término se usa raramente, salvo para aludir al sacrificio de su tranquilidad y su libertad que realizan dos tontos de sexo opuesto.
  • Boticario: Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los gusanos del cementerio.
  • Cínico: Miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como debieran ser.
  • Cobarde: Dícese del que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.
  • Cómplice: El que con pleno conocimiento de causa se asocia al crimen de otro; como un abogado que defiende a un criminal, sabiéndolo culpable. Este punto de vista no ha merecido hasta ahora la aprobación de los abogados, porque nadie les ofreció honorarios para que lo aprobaran.
  • Conocido: Persona a quien conocemos lo bastante para pedirle dinero prestado, pero no lo suficiente para prestarle.
  • Conversación: Feria donde se exhibe la mercancía mental menuda, y donde cada exhibidor está demasiado preocupado en arreglar sus artículos como para observar los del vecino.
  • Destino: Justificación del crimen de un tirano; pretexto del fracaso de un imbécil.
  • Detener: Arrestar a alguien acusado de conducta insólita. "Dios hizo el mundo en seis días y se detuvo el séptimo" (Versión No Autorizada de la Biblia).
  • Diluvio: El primero y más notable de los experimentos de bautismo, que lavó todos los pecados (y los pecadores) del mundo.
  • Diplomacia: Arte de mentir en nombre del país.
  • Espalda: Parte del cuerpo de un amigo que uno tiene el privilegio de contemplar en la adversidad.
  • Fidelidad: Virtud que caracteriza a los que están por ser traicionados.
  • Funeral: Ceremonia mediante la que demostramos nuestro respeto por los muertos enriqueciendo al sepulturero, y refirmamos nuestra congoja mediante gastos que ahondan nuestros gemidos y duplican nuestras lágrimas.
  • Futuro: Época en que nuestros asuntos prosperan, nuestros amigos son leales y nuestra felicidad está asegurada.

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octubre 11, 2005

La Plata: paraíso de los vagos

Con sus Aguafuertes, Roberto Arlt (1900-1942) recorrió las calles y rescató para los lectores el léxico de los rufianes, de los ladrones y de la marginalidad. En este caso, el genial escritor y periodista habla de La Plata del '30, “el paraíso de los fiacunes”.

Cada vez que a un vago amigo le he preguntado dónde trabajaba, me contestó: -Tengo un empleo en La Plata. Y tan frecuentemente he recibido esta contestación, que llegué a formarme la idea de que la benemérita ciudad de La Plata era algo así como el vaciadero de toda la atorrancia porteña, el paraíso de los "fiacunes" que necesitan justificar un medio de vida. Ayer, después de arduas cavilaciones, resolví hacer un paseo hasta la ciudad ignota y desconocida. Como es natural, en la estación no me esperaba ni una banda de música ni una comisión de vecinos distinguidos, por lo que pude inspeccionar la ciudad a mi antojo y sabor, es decir, darme cuenta con mis propios ojos de lo que, sin tratar de parecerme a los viajeros distinguidos, llamaré "magnífica ciudad". Y lo es sin vueltas. ¡Silencio, sol, árboles! Insisto: La Plata es el paraíso de los vagos, el templo de los enfermos de actividad, el gran específico para los neurasténicos, la tabla de salvación de los "esquenunes". La Plata es la tierra de promisión de todos los que sueñan con una vida de espaldas al sol. Me he quedado encantado con esta ciudad. Alguien me dice que esta ciudad es de estudiantes... ¡Puede ser! Yo no he visto estudiantes en ninguna parte, sino gente pacífica, tranquila, que en los cafés hace rueda desde temprano, como si su ocupación fuera balconear la vida y a los pájaros que picotean sus sombras en las veredas.

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octubre 03, 2005

Los cascarudos y los hombres

Juan Filloy
Escritor enigmático, poco reconocido en nuestro país, Juan Filloy murió, mientras dormía la siesta, en la tarde del 15 de julio del 2000, pocos días antes de cumplir los 106 años de edad. De
Caterva (1937) seleccionamos este fragmento.

Hacía un calor raro. El asfalto guardaba la insolación del día. La tormenta inminente soltaba su red de sombras. Calor húmedo, impregnante. Calor de colores nocturnos, con todo el color de los calores meridianos. Los cascarudos invadieron todo. La concurrencia desarticuló su compostura en ademanes y contorsiones violentas. Restallaba el fastidio por doquiera. Intervino el propietario del bar. Movilizó los lavacopas. Escobazos y pisotones. El asedio cesó en parte. Pero, a poco, el instinto estratega de los cascarudos volvió sobre sus pasos. Y, aun diezmados, incursionaron parajes en donde no es posible la vigilancia ajena…Sólo Katanga permaneció tranquilo. Observándoles. Espantándolos serenamente. Exhibía un humor extraordinario. Como si la molestia de los demás promoviese en él una secreta complacencia.
(…)
Bien. Los cascarudos poseen todo un prurito de curiosidad. No se avienen, como tantos usureros, a vivir en el hueco donde apenas caben con su mezquindad. Emergen de lugares recónditos, con la idea fija de atalayar la vida en torno, para juzgar si vale la pena de convertirse en hombre en la próxima metempsicosis. Parten, no obstante, de una premisa falsa. Creen que la humanidad es lo más alto que hay. Por eso, ni bien uno se sienta, escalan la rampa de las pantorrillas, hacen un leve descanso en la meseta de los muslos y se encaraman, audaces, por el recto parapeto de la espalda. Han llegado, por fin, a la cumbre de los hombros. Allí se solazan con la perspectiva. Agitan sus élitros de charol como la capota de una limousine. Y se disponen a la ventura máxima: saber si el hombre o la mujer usan perfumes superiores al suyo.

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