diciembre 15, 2005

El mejor alimento

Antonio Dal Masetto nació en Intra, Italia, en 1938. En 1950 emigró a la Argentina y se radicó en Salto con su familia. En sus textos se tamizan retazos de sus experiencias vitales como en este fragmento de Reventando corbatas.

La historia causa impresión en las mujeres y agrega un matiz nuevo a la charla. Una, escandalizada, sostiene que don Honorio estaba cometiendo pecado. Otra, comprensiva, considera que dadas las circunstancias, sería imposible culparlo. Una tercera, gorda, autoritaria, dice: “Creo que es uno de los casos en que el cuerpo del Señor ha sido bien utilizado”. Una cuarta apoya el criterio de la gorda: “Bien mirado, el cuerpo de nuestro Señor es el mejor alimento”. ¿Cuántas hostias podría consumir por día?”, pregunta otra. Se oye la voz de don Yaco: “No muchas, a esa edad se come como un pajarito”. Una anciana que está con su nieta razona: “¿Cómo podría morir de inanición alguien que se alimenta de eso?” La nena, que ha estado escuchando todo con atención, interviene: “¿No se habrá intoxicado?” La abuela le pega un tirón de pelos y la hace callar. La nena se queja, se frota la cabeza, murmura: “Y bueno, si comía tantas a lo mejor se intoxicó”. La primera mujer: “Seguro que para hacer las cosas más rápido las masticaba y eso sí es pecado”. Nuevo aporte del anciano que contó la historia de don Honorio: “Oí decir que una vez intentó profanar el sagrario para llevarse las hostias; para mí que ya no podía comer otra cosa”. Don Yaco: “Se había convertido en adicto, toda adicción es mala”. Otra mujer: “Profanar el sagrario es una herejía, no me digan que no”. Nuevas interpretaciones. Ahora más acaloradas. La cosa promete durar y ponerse interesante. De tanto en tanto, el aporte de don Yaco que sigue arrojando frutas y verduras sobre la balanza: “¿Por qué no consultan con el Vaticano?” Y así va transcurriendo la mañana.

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diciembre 12, 2005

Mascotas

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires en 1942. Su literatura es una curiosa mezcla de fantasía y humor que discurre en un marco a veces grotesco, pero siempre verosímil, como lo demuestra este fragmento de Imperios y servidumbres.

Fue una experiencia inquietante la que tuve cuando volví, después de tanto tiempo, a compartir el ascensor con la joven y lánguida vecina del tercer piso, que ahora sacaba a su tigre de Bengala a dar una vuelta a la manzana para hacer pis. (...) Llegó un momento en que no se pudo confiar en nadie. El portero, ante la tensa mirada de varios copropietarios, lavó en la vereda con agua y jabón a su rinoceronte de dos cuernos, y luego -como si allí no hubiera pasado nada- lo hizo penetrar en su departamento. Esto era más de lo que estaba acostumbrado a soportar el del 5º A: unas horas más tarde subió triunfalmente las escaleras llevando de la brida a su hipopótamo. El edificio se halla ahora inundado y semidestruido. Me encuentro redactando este informe en la azotea, en condiciones desfavorables. Cada tanto me sobresaltan los plañideros barritos del elefante que vive con los del 7º A. Escribo con el reloj a la vista, pues, a intervalos de ocho minutos, debo guarecerme entre las ruinas de la escalera para que no estropee estas páginas el chorro de vapor que lanza la ballena azul del 7º C. Y escribo con cierta inquietud, estando, como estoy, bajo la suplicante mirada de la jirafa del 7º D, que, asomando la cabeza por sobre la tapia, no cesa ni por un segundo de pedirme galletitas.

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